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miércoles, 26 de agosto de 2015

VIEJAS HISTORIAS DE NUEVA YORK (III): “NUEVA YORK” DE EDWARD RUTHERFORD

 Escucha mientras lees
Cotton Club en su local original de la Calle 142 con la Lenox Av., Harlem 
“Nueva York” de Edward Rutherford, es una novela en la que se nos narra la historia de los cinco distritos metropolitanos que componen la ciudad del mismo nombre (Manhattan, Brooklyn, Queens, Bronx y Staten Island) desde los albores de Nueva Asterdam, nombre que recibió el territorio de Maniatan (nombre original de Manhattan) cuando los holandeses se lo compraron a los aborígenes de la zona, hasta la tragedia de los Gemelos del World Trade Center. Sin embargo, cabe señalar que dicha historia la desarrolla a través de la saga de familias ficticias, en especial de la familia Master, cuya interactuación se inserta en los acontecimientos más importantes a lo largo de trescientos setenta años. Rutherford no desconoce el hecho que  Nueva York y los Estados Unidos son obra de la inmigración y por ello la novela “Nueva York” es la historia de  familias holandesas, inglesas, alemanas, irlandesas, italianas, puertorriqueñas, en la que se muestra el lado  idealizado de la idiosincrasia de cada una de ellas como su verdadero aporte a la forja de la poderosa nación del Norte de América.

Nueva York
(Pasaje)
Edward Rutherford

“1925”

Carta del menú del Cotton Club 
Paolo Carusso permaneció en su asiento. Al principio no pensó en Anna. Tenía otras cuestiones que tener en consideración.

Pensó en un momento en los dos hombres de la mesa de al lado. Cuando Charlie le dirigió la palabra, se preguntó por un instante si no serían espías que habían enviado para seguirlo, pero se notaba que eran gente de los barrios ricos, ajenos a su mundo. Aparte, se acordó del accidente ocurrido con la madre de Charlie en aquel bar clandestino, de manera que descartó la posibilidad.

Había ido al club con un par de socios, personas en quienes confiaba. También abrigaba la esperanza de ver a Owney Madden, a quien había hecho un pequeño favor un par de años atrás, y de cuyo buen juicio se había fiado. Tal vez el propietario del Cotton Club podría sacarlo del apuro. Madden estaba ausente, sin embargo, y nadie sabía decirle si se presentaría o no esa noche.

Decidió esperar un rato. Allí como mínimo no corría peligro. Nadie iba a causar un alboroto en un sitio de tanto postín como el Cotton Club. Quizá Madden acabaría acudiendo.

Cartel del Cotton Club anunciando
revista musical con Cab Calloway,
1932
No habría tenido que aceptar aquel negocio le semana pasada; no formaba parte de su trabajo habitual. Sus jefes no sabían aún nada de aquello, pero no se lo iban a tomar bien cuando se enterasen. También tendría que tener cuidado en la manera en que se lo explicaría a Madden. Éste había iniciado su andadura en la banda de Gopher cuando era joven y ahora tenía su propia explotación de estraperlo en los muelles del West Side, y tal vez no fuera muy comprensivo con alguien que se había desmarcado solo sin permiso de sus superiores. Tenía, con todo, intereses en muchos tipos de negocios y cabía la posibilidad de que le encontrara algo fuera de la ciudad y le prestara protección. Era difícil, pero valía la pena intentarlo.

Aquél no era el primer encargo que Paolo había aceptado. Aunque siempre había muertos en las riñas por el control del territorio,  cuando a uno le pedían desde fuera que hiciera algo especial, el dinero resultaba tentador. Anteriormente había aceptado un trabajo… que había llevado a cabo justo un día después de haber estado comiendo con Salvatore en el bar Fronton. Aquella vez todo había salido bien. Seguro que por eso le habían vuelto a proponer otro encargo.

Cartel de revista del año 1937.
Cotton Club
Lo de la semana anterior había sido, en cambio, un desastre. El plan estaba bien trazado, pero hasta el mejor de los planes puede quedar desbaratado a causa de un imprevisto. Estaba oscuro. El viento soplaba con fuerza, racheado, ideal para dispersar el ruido de los disparos. La calle estaba desierta. Salió del umbral de la puerta, se plantó delante del individuo y, con el ala del sombrero bajada para escudarse la cara, le apuntó. Había que hacerlo a bocajarro, bien de prisa para que la víctima no tuviera ni tiempo de experimentar un asomo de sorpresa. ¿Quién hubiera imaginado que, en ese preciso instante, del tejado iba a caer una loseta que se precipitó a sus pies, induciéndolo a levantar la cabeza? El otro tipo reaccionó con mayor celeridad. En lugar de echar a correr, se abalanzó contra él y después de derribarlo, le quitó la pistola de la mano de un puntapié. Luego se alejó a toda velocidad por la calle y, tras doblar una esquina, disparó u par de ráfagas de proyectiles con las que casi lo alcanzó. Paolo, que ya había recuperado su arma, respondió al fuego y le persiguió. De todas formas su presa acabó esfumándose, y además le vio la cara.

Ahora en Brooklyn había más de una persona furiosa con él.

¿Qué podía hacer? Lo mejor sería probablemente abandonar la ciudad. Pero ¿adónde debía ir? Quizá Madden pudiera sugerirle algo.

Fiesta de fin de año 1937 en el nuevo local del Cotton Club de la Calle 48, Broadway. Ameniza la orquesta de Cab Calloway
La orquesta tocaba Gin House Blues, una composición de Henderson. Un par de años atrás, el sonido de Herdenson se había beneficiado con la aportación de un joven trompetista llamado Louis Armstrogn. Por desgracia, éste se había ido a Chicago, pero cabía la posibilidad que regresara. Paolo sabía que Madden también tenía echado el ojo a un prometedor director de orquesta, Duke Ellintong, que actuaba en el Kentucky Club. Eso era lo que impresionaba más de Madden, que siempre buscaba la novedad.

Carlo Gambino, el capo de todos los capos de las 5 familias de Nueva York
Lucky Luciano, organizador de la mafia en los Estados Unidos que dividió el
territorio de la Ciudad de Nueva York en 5 familias 
Miró el reloj. Eran casi las dos de la mañana. Aunque dudaba que Madden llegara a esas alturas, resolvió esperar un poco más.

Entonces sus pensamientos derivaron hacia la conversación que acababa de mantener con Charlie y su amigo. ¡Qué extraño que ese hombre hubiera conocido a Anna! Se acordó de aquellos terribles días, después de su muerte. Se acordó de su rabia y su sensación de impotencia. Aquello fue lo que lo condujo definitivamente por aquella vía, por aquel áspero y peligroso camino que acaba en ese lugar elevado y oscuro del que ahora tenía caer. Él quería a Anna, y a toda su familia. En todo caso eran unos perdedores. Quizá dentro de nada también lo sería él, reconoció.

Cartel que alude al carácter exclusivo
del Cotton Club para gente blanca
Pidió la cuenta y pagó. No valía la pena esperar más.

Al salir fuera se abotonó el abrigo. Había bajado la temperatura y comenzaba a nevar. En la calle ya había una capa blanca de medio centímetro de espesor. Miró atentamente en derredor y sólo advirtió gente de color; pero era de los blancos de quienes debía recelar. Se bajó el sombrero hasta los ojos, en parte para ocultar la cara, pero sobre todo para resguardarla del viento que soplaba con violencia por la calle. Luego echó a andar.

Como medida de precaución se había trasladado de vivienda tres días atrás, a un lugar de la Octava Avenida donde no lo conocían. Iría a pie hasta el metro y tras asegurarse de que no lo seguían, realizaría un itinerario con rodeos hasta llegar allí. Primero dobló la esquina de Lenox Avenue.

Hacía un frío terrible.


- Pasaje del capítulo “1925” de la novela “Nueva York”: EDWARD RUTHERFORD. Traducción de Dollors Gallart. Roca Editorial de Libros. Rocabolsillo - histórica. Primera edición setiembre de 2011. Barcelona.

Notas:

Edward Rutherford, es el seudónimo de Francis Edward Wintle, ingles  nacido en Salisbury, Wiltshire, Inglaterra en 1944, diplomado en historia y literatura por la Universidad de Cambridge, que viene publicando con gran éxito novelas en las que mezcla la historia de un determinado lugar, o de acontecimientos históricos, a través de personajes ficticios y reales como es el caso de “Nueva York”.

Rutherford saltó a la fama con “Sarum” (1987), novela que abarca un período de diez mil años y que está relacionado con acontecimientos históricos de su ciudad de origen, Salisbury. Es esta novela la que orientará el resto de su obra al día de hoy. En 1991 publica “Russka” conocida también como “La Historia de Rusia” y en 1997 “Londres”. En el 2004 y 2006 publica novelas relacionadas con la historia de Irlanda, “Dublín: Fundación” conocida también como “Los Príncipes de Irlanda” e “Irlanda: El Despertar” conocida como “Los Rebeldes de Irlanda - La Saga de Dublín”.

“Nueva York” fue publicada originalmente en setiembre de 2009 por la editorial Century Hutchinson, Doubleday de Estados Unidos y obtuvo el premio Langum de Narrativa Histórica Americana en el año 2010. La obra está dividida en fechas que contienen uno o más capítulos. Tanto en la edición estadounidense como en la española de Roca Editorial de Libros, S.L., forman parte de las mismas cuatro mapas de Nueva York en distintas etapas de su desarrollo que permiten al lector una mejor comprensión de cómo fue evolucionando la isla de Manhattan.

El último trabajo publicado por Edward Rutherford a la fecha es “Paris” (2013).

─ El Cotton Club fue un mítico club nocturno de Manhattan que estuvo ubicado en Harlem, en la esquina de la Calle 142 y la Lenox Avenue y que como tal fuera inaugurado en 1923 durante el período de vigencia de la Ley Seca. Cotton Club ocupó las instalaciones de Club Deluxe, un club que pertenecía al boxeador Jack Johnson cuyo giro principal era el de restaurante. El negocio y sus instalaciones le fueron comprados por el traficante de licor y miembro de la mafia Owney Madden, quien dirigió la operación de transferencia desde la comodidad de su celda en la cárcel de Sing Sing. Es así que el negocio pasó a denominarse Cotton Club y Johnson pasaría a ser el administrador. A través del Cotton Club Madden vendería su propia marca de cerveza, actividad ilegal si recordamos que estaba en plena vigencia la Prohibición.

Una de las características que Madden le imprimió a su negocio fue que se trataba de un club exclusivo para gente blanca, ubicado en una barrio (en esa época) de asentamiento de población afroamericana, en donde su personal artístico: cantantes, cuerpo de baile masculino y femenino debía estar compuesto solo por afroamericanos. No se permitía la integración de estos con el público o viceversa. La publicidad y figuras del decorado estereotiparon la imagen del hombre y la mujer negra.

Owney "The Killer" Madden
A pesar de la mano dura que Owney Madden aplicó al club, este fue el lugar de lanzamiento a la fama de diversos músicos y cantantes: Cab Calloway, Fletcher Henderson, Duke Ellington, Louis Armstrong, Billie Holiday, entre otros. Duke Ellington y su orquesta fueron artistas estables del club de 1927 a 1931. El éxito obtenido por el “Duque” permitió relajar la prohibición de admisión de público afroamericano.

Cotton Club fue cerrado en 1926 pero por poco tiempo (disturbios raciales en Harlem) abriendo nuevamente hasta el año 1933 en que cerró para ser adquirido por otras personas y trasladarse a la zona de Broadway con la Calle 48, lugar en el que el éxito de sus espectáculos creció enormemente de 1936 a 1940, año en que cerró definitivamente porque los altos costos de producción llevaron a desatender los pagos al fisco que comenzó a reclamar lo suyo.

Owney Madden, luego de la venta del Cotton Club dejó el negocio del tráfico y venta ilegal de licor para dedicarse a manejar boxeadores, aplicando a dicha actividad sus políticas gansteriles que le permitieron llevar al tristemente célebre Primo Carnera al campeonato mundial de boxeo de la NBA. De origen irlandés adquirió la ciudadanía estadounidense en 1943. Murió en 1965.

En la segunda mitad de los años 70, fue inaugurada una discoteca que lleva el nombre de Cotton Club y que a la fecha funciona en la Calle 125 en Manhattan.

La historia del club fue llevada a la pantalla grande por Francis Ford Coppola en 1984, con las actuaciones de Richard Gere y Diane Lane, distribuida por Orion Pictures.

─ Se denominó Ley Seca a la legislación que, mediante una enmienda introducida a la Constitución de los Estados Unidos de Norteamérica (Enmienda XVIII) prohibió la venta, importación, exportación, fabricación, transporte y distribución de bebidas alcohólicas, aunque no el consumo. La norma fue aprobada en 1917, ratificada en 1919 y puesta en vigencia a partir de las 00.01 horas del día 17 de enero de 1920 y tenía como propósito preservar y elevar la moral del país, cosa que en la realidad tuvo en efecto contrario pues desencadenó el tráfico ilícito por parte de bandas organizadas que pusieron en vilo la seguridad interior de los Estados Unidos, poniendo en vitrina a la “Mafia”. Si bien el consumo no era perseguido, fue este el que alentó la violación a la Ley. Lo cierto es que nadie dejó -ni la gente común, ni los políticos y las autoridades públicas- de empinar el codo durante el período de su vigencia que se denominó “La Prohibición”. El consumo de licor se vio incrementado gracias a la “Ley Seca”.


Como una forma de distraer al pueblo estadounidense de los efectos del Crack de la Bolsa de Nueva York que introdujo un desastre en la economía estadounidense, además de crear fuentes de financiamiento para obras públicas mediante impuestos (que no pagaban los traficantes de licor), la Ley Seca o Ley Volstead (por su creador, el senador Andrew Volstead) fue parcialmente abolida el 21 de marzo de 1933 y de manera definitiva el 5 de diciembre del mismo año mediante la aplicación de la Enmienda XXI que dejaba sin efecto la Enmienda XVIII, estando en la presidencia Franklin D. Rooselvelt.

Fletcher Herdenson y su orquesta
─ Existen dos canciones con el mismo título de “Gin House Blues”. El tema que originalmente llevó este título y que es mencionado en el pasaje del capítulo titulado “1925” de la novela “Nueva York” fue creado por Fletcher Henderson (que también es mencionado ahí) el año 1925 y grabado por primera vez por su orquesta con la voz de la cantante Bessie Smith el 18 de marzo de 1926. Esta canción alude a los problemas que la Smith tenía con el alcohol.

Bessie Smith
(USA, 1894 - 1937)
La otra canción homónima fue escrita por Harry Burke y grabada también por Bessie Smith el 25 de agosto de 1928 y a diferencia de la primera ha sido versionada por muchos artistas, sobre todo en la era del rock’n’roll. Posteriormente este segundo tema ha sido conocido como “Me and My Gin”.

Fletcher Henderson (USA, 1897 - 1952), pianista, compositor y arreglista, es considerado el padre de las Grandes Bandas o Big Band. Contrató para su orquesta a un joven trompetista de nombre Louis Armstrong que se dio a conocer con él, para luego, en 1925, volver a la ciudad de Chicago, en donde Henderson lo conoció. Henderson y su orquesta eran habituales del Cotton Club.

Siendo la de Herdenson la orquesta estable del club “Connie’s” de la Ciudad de Nueva York por el año 1933, comienza a tocar un estilo que más adelante sería conocido como Swing.

Cuando la orquesta de Henderson se disolvió, pasó a ser el arreglista de la orquesta de Benny Goodman.


"Tengo una triste, triste historia hoy,
Me voy a casa de ginebra cuando sople el viento..."
-Gin House Blues-

Local del Cotton Club ubicado en la calle 125 debajo del viaducto Manhattanville 
Soundtrack:
“Gin House Blues”: Bessie Smith - (1926)
“I Don’t Mean a Thing”: Duke Ellintong - (1943)
“The Meanest Kind of Blues”: The Fletcher Herdenson & His Orchestra and Louis Armstrong - (1924)
“Sing, Sing, Sing”: Benny Goodman Orchestra - (1955)

Concepto, introducción, notas y selección musical:
MAX MARRUFFO S.

viernes, 3 de julio de 2015

“GO”, DE JOHN CLELLON HOLMES. VIEJAS HISTORIAS DE NUEVA YORK (II)

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John Clellon Holmes
“Go”, de John Clellon Holmes, narra las correrías de un puñado de individuos jóvenes cuya visión del mundo es inmune a la propaganda y cultura oficial de los Estados Unidos de post-guerra, dispuestos a vivir a su manera y hasta las últimas consecuencias conforme a sus sentimientos. Es una suerte de recuento histórico de los primeros años de amistad y hechos de los escritores, poetas y personajes que conformarían la denominada generación beat durante su estancia en la ciudad  de Nueva York. Fue escrita con la agitación e intensidad propia de las obras beat, en la que personajes y escenas parecen como impulsados por resortes por lo que es considerada su primera exponente, aunque el movimiento alcanzó reconocimiento público con la novela On the road de Jack Kerouac.

El mismo Holmes participa de la historia bajo el nombre de Paul Hobbes, mientras que Kerouac lo hace con el nombre de Gen Pasternack,  Allen Ginsberg como David Stofsky, Neal Cassady como Hart Kennedy, William S. Burroughs como Will Denninson, Herbert Huncke como Albert Ancke y Bill Cannastra como Bill Agatson.

Go
(Fragmentos)
John Clellon Holmes

Autobús*
─Iba en el autobús de la Quinta Avenida, camino de Harlem, para ver a un yonqui que Little Rocks había conocido en Atlanta. Atardecía, así que pensé que sería más agradable ir en bus que perderme en los agobios del metro. Me apetecía mucho contemplar las aguas desde el puente Washington. Cuatro asientos más adelante había una vieja borracha. Hacía calor y el bus iba lleno y junto a ella había una impecable señora joven con sus guantes de rejilla a juego con el vestido estampado de marca y unas cuantas bolsas que delataban su paso por las tiendas de moda. La vieja borracha no debía ir más allá de los cincuenta años, zarrapastrosa, con un sucio pañuelo de lino blanco que le recogía una maraña de pelo mal teñido, como si fuera un nido de pájaros. Tenía los dedos arrugados, sucios, con las uñas mordidas y astilladas. Su indumentaria, que debió haberle dado un aire juvenil quince años atrás, concedía ahora un aspecto de patética jovialidad a aquella figura atrofiada. Sus mejillas escuálidas y desnutridas soportaban unos brochazos emplastados de rouge, atribuible al genio de un maquillador cualquiera de cadáveres. Debía de ser una de esas putas de Columbus Circle en los viejos tiempos, antes de caer en barrena hasta… La chica joven le dio entonces la espalda, encarando el pasillo, mientras la vieja fingía no hacer caso del desplante, metiéndose el dedo en la nariz, hablando sola en la lengua de los locos y atusándose el pelo como tratando de codearse con todas aquellas señoronas inmaculadas y bien peinadas tan dignas que viajaban en el autobús. Entonces la señorita se levantó, y con una mirada intencionada a las demás mujeres de orden, se dirigió hacia la puerta central del vehículo. La actitud de la joven enfureció a la indigente, que empezó a farfullar, a maldecir e incluso a escupir sobre el asiento vacío a su lado. Hacía mueca a los coches, así misma en el reflejo de la ventanilla y luego a los pasajeros del autobús. <<Lo están invadiendo todo. Estos hijos de puta creen que pueden controlarlo todo… Incluso el tráfico, pero no es así. No mientras yo viva, ¡bastardos!>> No pudo contener su creciente rabia y siguió escupiendo y maldiciendo sin control hasta que le flaquearon las fuerzas y empezó a darse cuenta de cómo todos en el autobús se habían alejado de ella hasta hacerle el vacío y la miraban de soslayo. Su ira remitió y la impotencia y la vergüenza se apoderaron de ella. Se había establecido una distancia de varios asientos con los demás, que se habían apartado temiendo incluso que les contagiara alguna enfermedad. Se quedó allí sentada, sin atreverse a mirar a su alrededor por miedo a encontrarse con todas aquellas despiadadas miradas de oprobio. Era consciente de haberse excluido de aquella pertenencia al sentimiento de seguridad colectiva que proporciona viajar en autobús, en medio de todos esos vestidos estampados, conversaciones de cortesía y rostros satisfechos. Y allí había quedado ella, encendida de dolor, alisándose la falda, fingiendo buscar algo en su bolso vacío, murmurando y borrando lagrimones de sus envejecidos ojos, mientras los demás ocupantes la contemplaban y se miraban cómplices unos a otros, con ese ligero movimiento de cabeza para reafirmarse en la posición unánime de rechazo hacia ella. Y este vínculo les hacía sentirse más cercanos los unos  los otros, se sentían incluso, y por un momento, mejores personas. De repente todos se  empalizaban entre sí solo por el mero hecho de haberse sentido rechazados, amenazados, tensos, y ahora, en ese preciso instante, todos se sentían al mismo nivel, porque ellos no eran como aquella vieja borracha…

Garito*


Como criaturas de esa sola noche, se dejaron arrastrar, borrachos y sobrios, hacia el amanecer, a través de un revoltijo de calles lóbregas que conducían a unos aún más lóbregos recintos, conglomerados de casas marginadas sin electrificar, pertrechadas tras rejas de hierros doblados, torcidos y oxidados. La persistente lluvia enmohecía toda la vecindad. Un Aquerón, un río trágico, escuálido, se manifestaba tras las ventanillas del coche a toda pastilla, y cada vez que Kennedy tomaba una curva, Hobbes se desgañitaba: Q¡Vamos! ¡Vamos!f

Frenaron en seco justo antes de la calle Ciento treinta y ocho y saltaron al asfalto con Ben al frente. Se acercaron a una de las tantas casas de piedra rojiza cubiertas de hollín. En lo alto de las escaleras, un negro esbelto y altivo saludó desde una sonrisa distante. Les mantuvo la puerta abierta mientras decía:

─Buenas noches, señores. Entren, pasen por esa puerta…


Más allá de una habitación repleta de sofás y ceniceros de pie, en algún pasado lejano el salón principal, había un gris recibidor de techos altos, de ventanas claveteadas con polvorientos fieltros negros, un bar situado en un lado y unas mesas circulares desperdigadas en el otro. La estancia estaba llena de gente, casi todos negros. Los bebedores solitarios, en el bar; los grupos, hacinados alrededor de las mesas. Bajo el opresivo resplandor amarillo de un tenue candelabro de cristal, una negra opulenta cantaba, acompañada de un guitarrista sonriente, perdido dentro de un chándal que le venía enorme. Había también un pianista, que ladeaba la cabeza como si la quisiera sintonizar con la poesía indómita que surgía de la música. Sus dedos oscuros se lanzaban a trazar la armonía sobre el teclado de un prosaico piano de pared.

Ben, siempre afable, reunió un bote de cuatro dólares. Se hizo un hueco en el bar y pidió cuatro copas, todo lo que se podían permitir. Nadie pareció hacerles caso; los rostros que poblaban el local eran cálidos, plácidos y desenfadados.

La cantante pateó tres veces el  suelo y asaltó un tema nuevo al tiempo que levantaba los brazos e instaba a los presentes a acompañarla.

Billie Holiday
All of me… Why… not… take… all of meeee…

Comenzó a deslizarse entre la parroquia, con la cabeza echada hacia atrás, deteniéndose en cada mesa, con las manos al vuelo, exudando expresividad, suplicando… El guitarrista se arrastraba tras ella como para darle ánimos. Los ojos negros de la cantante sopesaban con sabiduría a cada cliente, como si cada uno de ellos viera y encontrara allí, en la música, la esencia que para todos debería ser este nostálgico y rebelde jazz americano y que, en cambio, encarnaba el bullicio enterrado de las ciudades y de los rincones más oscuros del país. Un dólar por mesa y un contoneo de senos mayestáticos antes de seguir la ronda recaudatoria.

Sarah Vaughan
Hobbes, atrapado por la música en vivo, gravitaba hacia el piano que ella había dejado atrás. En cada nuevo estribillo, el ascético negro desgranaba acordes más sonoros, como si la creciente distancia de la voz le acercara más la melodía interna a su oído atento. Hobbes se inclinó sobre él, y víctima de su aturdimiento, se halló pronto poseído por una ilusión de elocuencia emocional, y comenzó a cantar con suavidad, improvisando frases incoherentes. El negro levantó la mirada un instante y asintió abstraído desde el reino de su música, sin fastidio aparente por la intrusión.

Era una habitación en la que con seguridad no había entrado la luz del día en décadas. La clientela estaba al corriente de la ilegalidad del garito y pese a todo, o tal vez por eso (y por la voz sensual de la mujer que se paseaba entre ellos como una sacerdotisa pechugona) se sentían atrapados.

Pasternak y Kathryn compartían de pie junto a una pared.

─¡Pero todo es lo mismo! ¡Todo es igual a todo lo demás! ¡Baydo-baydo-boo ba!, ¿Lo oyes?... ¡Pero, mira, mira a Hart! ─dijo Pasternak.

La cantante se movía ahora en un espacio abierto, hacia el bar y Hart, siguiendo la cadencia con la cabeza, se dirigía a ella arrastrando los pies, encorvado y aplaudiendo como un loco eufórico y en erupción cautivado por la magia negra. Ella lo vio venir desde su atalaya empírica, y por un instante cantó para él, moviendo agradecida los hombros al ritmo que marcaba su inseparable guitarrista, siempre alerta. Hart se detuvo ante ella, bamboleante, extático, y luego se dejó caer de rodillas gritando:

Ella Fitzgerald

─¡Sí! ¡Sí! ¡Vamos! ¡Canta! ¡Tú, tu que sabes quién eres!

Ése fue su reconocimiento, era todo lo que tenía. Y ella lo aceptó como si fuera dinero: un gestual, un guiño al público y un remeneo de pechos, antes de seguir ufana su ruta por las mesas.

La cantante apuró su increíble estribillo, y con una última sonrisa, desapareció junto con la música. Sin dinero y con la sensación de haber cumplido un ambiguo objetivo, se apresuraron hacia la salida, de vuelta al coche.

El contacto no había aparecido y Ben cantaba demasiado a benzedrina, lo cual hacía pensar que su presunto dealer de maría no era sino fruto de su imaginación, aunque a esas alturas ya daba igual. Lo que les preocupaba era la continuidad, dónde ir ahora. Tras una descabellada tormenta de ideas (locales a buen seguro cerrados o amigos que dormían), se inclinaron por un colega de Ben que vivía en la calle Ciento veintitrés y la avenida Ámsterdam, que al menos tendría algo para beber. Cierto que bajo otras circunstancias esta opción habría caído en saco roto, pero habían sido poseídos por  una ilusión inocente que los señalaba como baluartes armonizadores de un Universo que los ignoraba por completo.

Rodando como en una ciudad hundida, cuya vida estuviera congelada en un silencio acuoso, capaces únicamente de respirar y palabrear, llegaron a otra casa fantasma en otra lóbrega calle. Recorrieron en tropel y a tientas un largo pasillo, tocados por un germen de premonición, como si por primera vez la laxitud los abrazara a todos. La galería moría en una peligrosa esclarea que bajaba hasta un patio hediondo y desierto salvo algún que otro montón de basura y unas latas llenas de agua de lluvia. Subieron dos escalones y luego, como espías de película barajando alternativas absurdas, se colaron por una ventana con el marco roto que les condujo a una cocina tan fría como el esmalte que la atildaba y en la que la gente estaba sentada absorta, bebiendo café. Se respiraba hostilidad y dejaron las formalidades en manos de Ben. Se dispersaron siguiendo el eco en la penumbra de otras estancias llenas de muebles inútiles (reliquias casi todas de la vida rural), y donde una radio ajada y sin carcasa sonaba agonizante. Kathryn y Dinah rechazaron el café frío que le ofrecieron y se encerraron en un pequeño baño, mientras Pasternak y Hobbes se agazapaban fuera. Hart y Ed, en silencio y mojados, jugaban a los dardos en un pasillo estrecho que llevaba a las habitaciones. Ketcham y Ben se habían cortado un poco al darse cuenta de lo inoportuno de la visita y no tardaron en deshacer, junto al resto, el camino por la ventana hacia el exterior, donde Hart mantenía una cálida conversación con las latas, amables sustitutas de los ocupantes del inmueble:

─¡Claro, lo entendemos, por supuesto! ¡Oíd, pensamos que estaríais levantados, eso es todo! Pero si ven a ese tipo, ya sabéis, guardadme una onza de mota. ¡Pasaremos otra vez!

Estornudaba y se burlaba de sí mismo todo el rato, tanto que sus palabras parecían una provocación.

La noche y la lluvia habían remitido y optaron por ir a casa de Ketcham. Hobbes y Kathryn se descolgaron allí mismo, exhaustos y sin dar explicaciones.


En el metro, Kathryn se durmió sin pudor en su hombro, sentados entre obreros vestidos con sus petos vaqueros, con sus almuerzos y los periódicos de la mañana; las apresuradas y vivaces secretarias que sólo terminarían de despertarse cuando llegaran al trabajo, tras un café rápido y un donut; el resto de madrugadores, prestos a abrir oficinas y a relevar a bedeles y serenos, aliviados de poner por fin rumbo a casa; y esos trenes preparados para transportar la primera y agotadora oleada de la hora punta.

En la calle Setenta y dos subió un grupo de chicas scouts. Irradiaron al vagón entusiasmo, correteando de un asiento a otro. Algunas se cogían de la mano con ojos lánguidos; otras charlaban, erguidas, con las piernas abiertas, o leían en voz alta los anuncios de tabaco; una negrita con calcetines blancos reía feliz mientras jugueteaba con las trenzas de su amiga y al verla Hobbes, aletargado, pensó: QSer como ella, o como nosotros. ¿Existe acaso alguna otra opción?f.


(*) Los subtítulos no forman parte de la obra, han sido agregados para la presentación de las historias (U.P.E.S.).

-Fragmentos del libro “Go”: JOHN CLELLON HOLMES. Ediciones Escalera. Traducción de J.C. Ortiz García y D. Ortiz Peñate. Primera edición en Ediciones escalera: noviembre de 2009. España. De venta en Crisol Libros y Más. C.C. Ovalo Gutiérrez, Av. Santa Cruz 816, Miraflores, Lima, Perú.

Notas:

Tapa original de "Go"
- “Go” fue publicada por editorial Scribner’s de Nueva York en 1952, aunque escrita los últimos años de la década del 40 del siglo pasado.

Unos meses después de la publicación de “Go” el New York Times solicitó a John Clellon Holmes escriba un artículo sobre sus amigos el cual tituló “This Is The Beat Generation” (Esta es la Generación Beat) popularizando esta denominación. El artículo fue publicado el 16 de noviembre de 1952.

A.A. Wyn rechazó publicar el libro cuando le fue ofrecido antes que a Scribner`s, pero luego lo hizo en formato de bolsillo en su colección de Ace Books en 1957. Esta edición recortó una porción considerable de la obra y fue la que se publicó en Europa. Este hecho trajo como consecuencia que exista dos versiones del libro. Una, la original, que  solo circuló en los Estados Unidos; la otra, recortada, que circuló en Europa.

Este y otro hecho relacionado con el nombre del libro le dio a "Go" cierto aire de objeto de culto.


El título que Holmes le dio al libro fue The Daybreak Boys, título que fue rechazado por Scribner`s por tener una semejanza con otro de una obra que ya se encontraba en circulación. El nombre de "Go" se lo eligió la esposa del dueño de Scribner`s. Cuando en 1957 se publicó en Europa la edición de Ace Books, el libro se tituló The Beat Boys, porque en Inglaterra existía una revista de turismo con el nombre de "Go". Por ello muchos europeos, de aquel entonces, creyeron que se trataba de dos libros distintos de Holmes. Fue a partir de una reedición de 1976 que "Go" se publicó de manera completa tanto para los Estados Unidos como para Europa y bajo el mismo título.

- John Clellon Holmes escritor, poeta y profesor nació el 12 de marzo de 1926 en Holyoke, Massachusetts y falleció el 2 de marzo de 1988 en Middletown, Connecticud, Estados Unidos. Tenía 23 años cuando se publico "Go".

Muchos le atribuyeron a John Clellon Holmes el haber bautizado a Kerocuac y a sus amigos como los beat o beat generation, pero el aclaró que el nombre fue acuñado por Kerouac, incluso hace referencia de ello en la misma novela.

- “All of Me” es el nombre del tema que interpreta la mujer afroamericana en el momento que comienza a pasear por todas las mesas del garito para que los asistentes la premien con una propina: All of me… Why… not… take… all of meeee…”

Es un tema de jazz estándar escrito por Gerald Marks y Seymour Simons en 1931, estrenada por radio en la voz de Belle Baker y grabada en el disco por primera vez por Ruth Etting.

Todo de mí, ¿por qué no toma todo de mí?
Nene, ¿no puede ver que no la paso bien sin Usted?
Tome mis labios, nunca los uso
Tome mis brazos, quiero perderlos

Su adiós me dejó con los ojos llorosos
Dígame cómo puedo seguir, querido, sin Usted?
Tomó la parte que alguna vez fue mi corazón
Así que ¿por qué no toma todo de mí?

Todo de mí, ¿por qué no toma todo de mí?
¿No puede ver que no estoy bien sin Usted?
Tome mis labios, quiero perderlos
Tome mis brazos, nunca los uso

El adiós me dejó con los ojos llorosos
¿Cómo puedo seguir, querido, sin Usted?
Tomó la parte que alguna vez fue mi corazón
Así que ¿por qué no toma todo de mí?

Venga y tome, tome todo de mí

Todo de mí (All of me)

Soundtrack:
- All of me: Billie Holliday (1945-1946)
- All of me: Ella Fitzgerald & Nelson Riddle Orchestra (1961)
- All of me: Sarah Vaughan (1957)
- All of me: Tim Kliphuis (2014)

De izquierda a derecha: Larry Corso (con gorra), Larry Rivers, Jack Kerouac,
David Amram, Allen Ginsberg
Vinculo relacionado: VIEJAS HISTORIAS DE NUEVA YORK (I). YONQUI DE WILLIAMS S. BURROUGHS

Concepto, introducción, notas y compilación musical:
MAX MARRUFFO S.