viernes, 28 de junio de 2013

FAHRENHEIT 451. RAY BRADBURY

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“Era estupendo quemar. Constituía un placer especial ver las cosas consumidas, ver los objetos ennegrecidos, cómo cambiaban. Con la boca de latón en sus puños, con aquella gigantesca pitón escupiendo su queroseno venenoso sobre el mundo, la sangre le latía en la cabeza y sus manos eran las de un fantástico director orquestando todas las sinfonías del fuego y de las llamas para destruir los jirones y las ruinas  tiznadas de la historia. Con su simbólico casco, en el que aparecía grabado el número 451, firme sobre su impecable cabeza y sus ojos convertidos en una llama anaranjada ante el pensamiento de lo que iba a ocurrir, encendió el deflagrador y la casa quedó rodeado por un fuego devorador que inflamó el cielo del atardecer con colores rojos, amarillos y negros. El hombre avanzó entre un enjambre de luciérnagas. Le apetecía mucho acercar un malvavisco a la hoguera, como en el antiguo juego, mientras los libros, semejantes a palomas aleteantes, morían en el porche y en el jardín de la casa; mientras los libros se elevaban convertidos en torbellinos incandescentes y los aventaba el aire ennegrecido del incendio.”
-Novela “Fahrenheit 451”.  Primera parte: La Chimenea y la Salamandra.

Fahrenheit 451, al igual que “Mundo Feliz” (de Aldous Huxley), cuenta la historia de una sociedad distópica, en la que les está prohibido a las personas tener en su poder  libros, y en consecuencia leer. Solo es posible poseer material catequético y manuales técnicos. Las obras literarias de todo tipo, así como los tratados científicos, son considerados objetos peligrosos pues son capaces de despertar, en quien los lea, la conciencia de la realidad, el ánimo de objetar y el afán de libertad.

El régimen que la gobierna impone una felicidad basada en la ignorancia, en la medianía de espíritu. La “cultura” o conjunto de conocimientos con los que debe formarse cada uno de los individuos, vienen dados por películas de cine, programas de televisión o radio cuyo objetivo no es transmitir conocimiento, sino deleite o diversión. No hay espacio ni tiempo para la meditación, la introspección, el análisis. El trabajo ocupa la atención total, luego la recreación. No fue iniciativa del Estado la desaparición de los libros, fue el desapego o falta de interés por parte de la sociedad de ilustrarse, de cultivarse. El Estado sólo aprovechó la ocasión.

El espacio físico en que se desarrolla la trama es los Estados Unidos del siglo XXV. Quienes se resisten al régimen denominan aquella situación Era de la Oscuridad y se consideran ellos mismos hombres-libros. Forman una comunidad que vive en permanente desplazamiento lejos de las ciudades o centros urbanos, cual comunas. Quienes no han podido escapar de la ciudad o se resisten a abandonar sus hogares y deshacerse físicamente de sus preciadas bibliotecas, se encuentran expuestos a la acción del ente encargado de impedir su existencia: el cuerpo de bomberos.

Los bomberos no apagan incendios, los provocan. Su antiguo rol desapareció desde que se construyeron casas protegidas contra el fuego (ignífugas). Ahora son guardianes del régimen. Cuando son informados o advierten la existencia de alguna vivienda donde se guarda o esconden libros, inmediatamente acuden al lugar y utilizando cerillo y querosene (queroseno) libran a la sociedad de ellos.

Nazis confiscando libros
Guy Montag es un miembro del cuerpo de bomberos cuyo rostro muestra una tez renegrida producto de innumerables hogueras que ha producido; está casado con Mildred, una mujer totalmente ganada por sus fatuos programas de televisión y la musiquilla que proviene de los audífonos que constantemente mantiene insertados en sus orejas.

En el extracto de la obra que transcribimos a continuación, Montag está sufriendo una crisis tras participar en una incursión en la cual, una mujer a la que se le ha descubierto abundante material bibliográfico, decide morir presa del fuego antes de ver consumido su estimado tesoro. Montag no puede comprender este proceder y súbitamente cae en la cuenta que la única manera de hacerlo es saber qué puede contener un libro, por ello, cual autómata, esconde en su enorme abrigo ignífugo uno inexplicablemente aterrizado en sus manos. No es la primera vez, pero sí la primera vez que siente el impulso vehemente de leerlo.

Cuando vuelve a su hogar, le cuesta trabajo deshacerse del impreso y lo guarda debajo de su almohada. Al día siguiente decide no ir a trabajar, lo que causa asombro en su mujer y en su jefe, el capitán Beatty, quien le hace una visita, más por una cierta intranquilidad que le causó su comportamiento en la intervención de la noche anterior, que por una sincera preocupación por su estado de salud.

Cuando regresaban a la estación tras le mencionada incursión, Montag había comenzado a preguntarse y a preguntar el por qué una persona puede preferir la muerte que ser privado de sus libros, y por qué ellos (el cuerpo de bomberos) asumieron la función de quemarlos.

Nazis quemando libros
Montag era consciente que en cualquier momento su jefe u otro funcionario podía llegar a su casa a indagar del por qué no se presentó a trabajar, pero no esperaba que fuera tan repentinamente, sin que haya tenido oportunidad de poner a buen recaudo el objeto ilícito.

Beatty quiere mostrarse comprensivo y decide responder a las preguntas que Montag le formuló la noche anterior (incluso hasta el permitirle que tenga en su posesión un libro y satisfaga su curiosidad. Sabe que lo tiene) y se enfrasca en un largo discurso sentado al pié de la cama donde se encuentra postrado Montag, quien no cree en la buena voluntad de su jefe. Al fin y al cabo, Beatty es un funcionario del gobierno y no su amigo. Más tarde Montag se daría cuenta que hacía tiempo estaba bajo sospecha.

Montag había entablado amistad con una adolescente que vivía muy cerca de su casa, Clarisse McClellan, quien le hacía muchas preguntas a las que él no sabía responder porque nunca nadie se las había hecho. Esto le causó impresión a la vez de curiosidad. Clarisse definitivamente no era igual al resto de personas que conocía. ¿Qué la hacía tan distinta?

Clarisse vivía con su padre y su tío. Le había confesado que pasaba horas interminables en la sala de su casa platicando con ellos.

En un par de ocasiones, Clarisse hizo participar de sus juegos a Montag. Después de ello no volvería a ser el mismo. Es con ese nuevo ánimo que enfrentó su último trabajo, aquel donde la mujer se inmoló ante las llamas.

El capitán Beatty quería justificar la misión que se les había encomendado y presentar al cuerpo de bomberos como un órgano que sólo se limitaba a quemar libros y en situaciones excepcionales, las casas en donde se encontraban, mas no dar muerte a las personas.

"Peor que quemar libros, es no leerlos"
Montag comprobará que eso no era cierto. Que el régimen perseguía a los disidentes y los mataba. La razón, cada una de estas personas guardaban en su memoria una o más obras que transmitía a quien quiera conocerlas. La tradición oral suplió al papel y era la forma en que este círculo mantendría el espíritu de búsqueda y afán de conocimiento entre los hombres.

Montag había dejado de encontrarse con Clarisse McClellan, la niña que despertó su alma. Pronto comprendería que había sido asesinada.

Las largas conversaciones que Clarisse sostenía con su padre y su tío eran verdaderas tertulias literarias. Para la sociedad era un ser peligroso… era un espíritu libre.
“—Se me ha ocurrido venir a ver cómo sigue el enfermo.

— ¿Cómo lo ha sabido?

Beatty sonrió y descubrió al hacerlo las sonrojadas encías y la blancura y pequeñez de sus dientes.

—Me lo esperaba. Te disponías a llamar para pedir la noche libre.

Montag se sentó en la cama.

—Bien —dijo Beatty—. ¡Cógete la noche libre!

Beatty y Montag. Película de Truffaut
Examinó su eterna caja de cerillas, en cuya tapa decía GRANTIZADO: UN MILLÓN DE LLAMAS EN ESTE ENCENDEDOR, y empezó a frotar, abstraído, la cerilla química, a apagarla de un soplo, encenderla, apagarla, encenderla, a decir unas cuantas palabras, a apagarla. Contempló la llama. Sopló y observó el humo.

— ¿Cuándo estarás bien? 
                
—Mañana. Quizá pasado mañana. A principios de semana.

Beatty dio una chupada a su pipa.

—Tarde o temprano a todo bombero le ocurre lo mismo. Solo necesita comprender, saber por qué funcionan así las cosas. Es imprescindible que conozca la historia de nuestra profesión. Ahora ya no se la cuentan a los niños como solían hacer antes. Es una lástima. —Exhaló una bocanada—. Solo los jefes de bomberos la recuerdan —Otra bocanada—.­­­ Voy a contártela.

Mildred se movió inquieta.

­­Beatty tardó un minuto en acomodarse y meditar sobre lo que iba a decir.

­­­­Me preguntaste cuándo empezó nuestra labor, por qué fue creada, dónde, cómo. Bueno, yo diría que en realidad se inició a partir de la  llamada Guerra Civil; aunque nuestros reglamentos afirman que fue fundada antes. La verdad es que no se nos sitúa muy bien en el tiempo  hasta que la fotografía se implantó. Después, las películas, a principios del siglo XX. Radio, Televisión. Y así empezaron los fenómenos de masa.

Oskar Werner, Guy Montag en la película
 de Truffaut.
Montag permaneció sentado en la cama, inmóvil.

—Y como se trataba de fenómenos de masa, las cosas se hicieron más sencillas —prosiguió Beatty—. En cierta época, los libros atraían a determinada gente, aquí, allí, por doquier. Podían permitirse ser diferentes. El mundo era vasto. Pero luego el mundo se llenó de ojos, de codos y de bocas. Población doble, triple, cuádruple. Películas, radios, revistas, libros fueron adquiriendo un bajo nivel, una especie de vulgar  uniformidad. ¿Me sigues?

—Creo que sí.

Beatty contempló la bocanada de humo que acababa de expeler.

—Imagínalo. El hombre del siglo XIX con sus caballos, sus perros, sus coches; todo ello en cámara lenta. Luego, en el siglo XX, se acelera el movimiento. Los libros, más breves; condensados boletines, tabloides… Todo se reduce a la anécdota, al final brusco.

—Final brusco —dijo Mildred, asintiendo.

—Los clásicos reducidos a una emisión radiofónica de quince minutos. Después, vueltos a reducir para llenar una lectura de dos minutos. Por fin, convertidos en un resumen de diccionario de diez o doce líneas. Claro está, exagero. Los diccionarios únicamente servían para buscar referencias. Pero eran muchos los que solo sabían de Hamlet (estoy seguro de que conoces el título, Montag; es probable que para usted únicamente constituya una especie de rumor, señora Montag), solo sabían, como digo, de Hamlet lo que había en una condensación de una página en un libro que afirmaba: «Ahora, podrá leer por fin todos los clásicos. Manténgase al mismo nivel que sus vecinos». ¿Te das cuenta? Salir de la guardería infantil para ir a la universidad y regresar a la guardería.  Esta ha sido la formación intelectual durante los últimos cinco siglos o más.

"Los clásicos reducidos a una emisión radiofónica de quince minutos.
Después, vueltos a reducir para llenar una lectura de dos minutos..."

Maria Luisa y tres ediciones de la Rolling Stone. Una norteamericana del año 2007,
una mexicana del 2011 y una española del 2012.
Mildred se levantó y empezó a andar por la habitación; cogía objetos y volvía a dejarlos. Beatty la ignoró y siguió hablando:

—Acelera la proyección, Montag, aprisa. ¿Clic? ¿Película? Mira, Ojo, Ahora, Adelante, Aquí, Allí, Aprisa, Ritmo, Dónde, ¿Eh? ¡Oh! ¡Bang! ¡Zas!, Golpe, Bing, Bong, ¡Bum! Selección de selecciones, selecciones de selecciones de selecciones. ¿Política? ¡Una columna, dos frases, un titular! Luego, en plena vorágine, todo desaparece. La mente del hombre gira tan aprisa a impulsos de los editores, explotadores, locutores que la fuerza centrífuga elimina todo pensamiento innecesario, origen de una pérdida de valioso tiempo.

Mildred alisó la ropa de cama. Montag sintió que su corazón aceleraba cada vez mientras ella le ahuecaba la almohada. En aquel momento, ella lo estaba empujando para que él se apartase, a fin de poder sacar la almohada, arreglarla y volverla a su sitio. Y quizá lanzar un grito y quedarse mirando, o solo alargar la mano y decir: «¿Qué es esto?», y levantar el libro oculto con conmovedora inocencia.

Poster de la película de Truffaut
—Los años de universidad se acortan, la disciplina se relaja, la filosofía, la historia, el lenguaje se descuidan; la gente se expresa cada vez peor a tal punto que apenas se recurre ya al uso de las palabras para comunicarse. La vida es inmediata, solo el empleo cuenta, el placer lo domina todo después del trabajo. ¿Por qué aprender algo, excepto apretar botones, accionar conmutadores, encajar tornillos y tuercas?

—Deja que te arregle la almohada —dijo Mildred.

— ¡No! —susurró Montag.

—El cierre de cremallera desplaza el botón y el hombre ya no dispone de todo ese tiempo para pensar mientras se viste al amanecer, un momento que se presta a la filosofía y, por lo tanto, a la melancolía.

—Aquí —insistió Mildred.

—Déjame tranquilo —replicó Montag.

—La vida se convierte en una gran cerrera, Montag. Todo se hace aprisa, de cualquier modo.

—De cualquier modo —repitió Mildred, tirando la almohada.

— ¡Por el amor de Dios, déjame tranquilo! —gritó Montag en un tono vehemente.

Los ojos de Beatty no podían estar más abiertos.

La mano de Mildred se había inmovilizado detrás de la almohada. Sus dedos seguían la silueta del libro y, a medida que la forma le iba siendo familiar, su rostro se mostró sorprendido y, después, atónito. Su boca se abrió para hacer una pregunta…

"Los libros solo tienen dos olores, el olor a nuevo,
que es bueno, y olor a libro usado, que es
todavía mejor" 
—Vaciar los teatros excepto para que actúen payasos, e instalar en las habitaciones paredes de vidrio y bonitos colores que suben y bajan, como confeti, sangre, jerez o sauterne. Te gusta el béisbol, ¿verdad, Montag?

—El beisbol es un juego estupendo.

En esos momentos Beatty era casi invisible, solo una voz en algún punto, detrás de una cortina de humo.

— ¿Qué es esto? —preguntó Mildred, en un tono casi alegre. Montag se echó hacia atrás contra los brazos de ella—. ¿Qué hay aquí?

— ¡Sientate! —gritó Montag. Ella se apartó de un salto, con las manos vacías—. ¡Estamos hablando!

Beatty prosiguió como si nada hubiese ocurrido.”

—Te gustan los bolos, ¿verdad, Montag?

—Los bolos, sí.

— ¿Y el golf?

—El golf es un juego magnífico.

— ¿Baloncesto?

— Un juego estupendo.

— ¿Billar? ¿Fútbol?

—Todos son excelentes.

—Más deportes para todos, espíritu de grupo, diversión, y no hay necesidad de pensar, ¿eh? Organiza y superorganiza superdeportes. Más chistes en los libros. Más ilustraciones. La mente absorbe cada vez menos. Impaciencia. Autopistas llenas de multitudes que van a algún sitio, a algún sitio, a algún sitio, a ningún sitio. El éxodo espoleado por el combustible. Las ciudades se convierten en moteles, la gente siente impulsos nómadas y van de un sitio para otro, siguiendo las mareas, viviendo una noche en la habitación donde tú has dormido durante el día y yo la noche anterior.

!8 Feria Internacional del Libro de Lima. 19 de julio - 4 de agosto.
Parque Los Próceres, Av. Salaverry, Jesús María
Mildred salió de la habitación y cerró de un portazo. Las «tías» de la sala de estar empezaron a reírse de los «tíos».

—Ahora, consideremos las minorías en nuestra civilización. Cuanto mayor es la población, más minorías hay. No debemos meternos con los aficionados a los perros, a los gatos, con los médicos, abogados, comerciantes, directivos, mormones, baptistas, unitarios, chinos de segunda generación, suecos, italianos, alemanes, texanos, habitantes de Brooklyn, irlandeses, nativos de Oregón o de México. En este libro, en esta obra, en este serial de televisión la gente no quiere representar a ningún pintor, cartógrafo o mecánico que exista en la realidad. Cuanto mayor es el mercado, Montag, menos hay que hacer frente a la controversia, recuerda esto. Todas las minorías, por muy pequeñas que sean, con sus ombligos siempre limpios. Los autores están llenos de pensamientos  malignos; hay que bloquear las máquinas de escribir. Eso hicieron. Las revistas se convirtieron en una masa insulsa y amorfa. Los libros, según dijeron los críticos esnobs, eran como agua sucia. No es extraño que los libros dejaran de venderse, decían los críticos. Pero el público, que sabía lo que quería, permitió la supervivencia de los libros de historietas, y de las revistas eróticas tridimensionales, claro está. Ahí tienes, Montag. No fue una imposición del gobierno. No hubo ningún edicto, ni declaración, ni censura, no. La tecnología, la explotación de las masas y la presión de las minorías produjo el fenómeno, a Dios gracias. En la actualidad, debido a todo ello, uno puede ser siempre feliz, se le permite leer las viejas confesiones de toda la vida o revistas especializadas.

—Sí, pero ¿qué me dices de los bomberos?

—Ah. —Beatty se inclino hacia adelante entre la tenue neblina producida por su pipa—. ¿Qué es más fácil de explicar y más lógico? Como las universidades producían más corredores, saltadores, pilotos, cuatreros, cacos, fulleros y nadadores, en vez de profesores, críticos, sabios y creadores, la palabra «intelectual», claro está, se convirtió en el insulto que merecía ser. Siempre se teme a lo desconocido. Sin duda, te acordarás del muchacho de tu clase que era excepcionalmente «inteligente», que recitaba sin ningún error la mayoría de las lecciones y respondía a todas las preguntas de los profesores, mientras que los demás permanecían como muñecos de barro, y lo detestaban. ¿Y no era ese muchacho inteligente al que escogían para pegar y atormentar después de clase? Desde luego que sí. Debemos ser todos iguales. No nacemos libres e iguales. Todo hombre debe ser la imagen de otro. Entonces todos son felices porque no pueden establecerse diferencias ni comparaciones desfavorables. ¡Ea! Un libro es un arma cargada en la casa de al lado. Quémalo. Quita el proyectil del arma. Domina la mente del hombre. ¿Quién sabe cuál podría ser el objetivo de un hombre culto? ¿Yo?, no lo resistiría ni un minuto. Y así, cuando por último, las casas fueron totalmente inmunes al fuego, en el mundo entero (la otra noche tenías razón en tus conjeturas) ya no hubo necesidad de bomberos para el antiguo trabajo. Se les dio una nueva misión, como custodios de nuestra tranquilidad de espíritu, de nuestro pequeño, comprensible y justo temor de ser inferiores. Censores oficiales, jueces y ejecutores. Eso eres tú, Montag. Y eso soy yo.

Fahrenheit. Debolsillo Contemporanea
La puerta que comunicaba con la sala de estar se abrió y Mildred asomó, miró a los dos hombres, y se fijó en Beatty y después en Montag. A su espalda, las paredes de la estancia estaban inundadas de resplandores verdes, amarillos y  anaranjados que oscilaban y estallaban al ritmo de una música casi exclusivamente compuesta por baterías, tambores y címbalos. La boca de Mildred se movía, estaba diciendo algo pero el sonido no permitía oírla.

Beatty vació su pipa en la palma de su mano sonrosada, examinó la ceniza como si fuese un símbolo que había que observar y analizar detenidamente en busca de algún significado.

—Debes comprender que nuestra civilización es tan vasta que no podemos permitir que nuestras minorías se alteren o se rebelen. Pregúntate qué quiere esta nación por encima de todo. Las personas quieren ser felices, ¿no es así? ¿No lo has estado oyendo toda tu vida? «Quiero ser feliz», dice la gente. Bueno ¿no lo son? ¿No los mantenemos en una perpetua acción, no les proporcionamos diversiones? Eso es para lo único que vivimos, ¿no? ¿Para el placer y las emociones? Y tendrás que admitir que nuestra civilización se lo facilita en abundancia.

—Sí.

Montag leyó en los labios de Mildred lo que esta decía desde el umbral. Trató de no mirar su boca porque entonces Beatty podía volverse y leerlo también.

—A la gente de color no le gusta El negrito Sambo. Quemémoslo. La gente blanca se siente incómoda con La cabaña del tío Tom. Quemémoslo. ¿Alguien escribe un libro sobre el tabaco y el cáncer de pulmón? ¿Los fabricantes de cigarrillos protestan? Quememos el libro. Serenidad, Montag. Paz, Montag. Líbrate de tus tensiones internas. Mejor aún, lánzalas al incinerador. ¿Los funerales son tristes y paganos? Eliminémoslos también. Cinco minutos después de la muerte de una persona, esta se halla camino hacia la Gran Chimenea; los incineradores son abastecidos por helicópteros en todo el país. Diez minutos después de la muerte, un hombre es una nube de polvo negro. No nos recreemos indefinidamente en el dolor de esa muerte. Olvidémoslos. Quemémoslo todo, absolutamente todo. El fuego es brillante, el fuego es limpio.

"Sin bibliotecas, ¿Qué nos quedaría? No tendríamos
pasado ni futuro"
Los fuegos artificiales se apagaron en la sala de estar, detrás de Mildred. Al mismo tiempo, ella había dejado de hablar; una coincidencia milagrosa. Montag contuvo el aliento.

—Había una muchacha, ahí, al lado —dijo con lentitud—. Ahora se ha marchado, creo que ha muerto. Ni siquiera puedo recordar su rostro. Pero era distinta. ¿Cómo… cómo pudo llegar a existir?

Beatty sonrió.

—Aquí o allí, siempre es lamentable que ocurra. ¿Clarisse McClellan? tenemos fichas de toda su familia. Los hemos vigilado de cerca. La herencia y el entorno ejercen una influencia curiosa. No podemos deshacernos de golpe de todos los bichos raros en tan pocos años. El ambiente familiar puede destruir mucho de lo que se inculca en el colegio. Por eso hemos ido rebajando, año tras año, la edad para ingresar en el parvulario; ahora prácticamente arrancamos a los pequeños de la cuna. Tuvimos varias falsas alarmas con los McClellan, cuando vivían en Chicago. Nunca les encontramos un libro. El tío tiene un historial confuso, es un antisocial. ¿La muchacha? Es una bomba de relojería. Por lo que pude ver en su historial escolar, estoy seguro de que la familia había estado influyendo en su subconsciente. Ella no quería saber cómo se hacía algo sino por qué. Esto puede resultar embarazoso. Uno se pregunta el por qué de una serie de cosas y termina sintiéndose muy desdichado. Lo mejor que podía pasarle a la pobre chica era morirse.

—Sí, morirse.

—Afortunadamente, los casos extremos como ella no aparecen a menudo. Sabemos cómo eliminarlos en estado embrionario. No se puede construir una casa sin clavos de madera. Si no quieres que se construya esa casa, esconde los clavos y la madera. Si no quieres que un hombre se sienta políticamente desgraciado, no le enseñes dos aspectos de una misma cuestión, pues le preocuparás; enséñale solo uno. O, mejor aún, no le muestras ninguno. Haz que olvide que existe una cosa llamada guerra. Si el gobierno es poco eficiente, excesivamente intelectual o aficionado a aumentar los impuestos, que lo sea pero sobre todo que la gente no se preocupe por ello. Paz. Montag. Dale a la gente concursos que puedan ganar recordando la letra de las canciones más populares, o los nombres de las capitales de estado o cuánto maíz produjo Iowa el año pasado. Atibórrala de datos no combustibles, lánzales encima tantos «hechos» que se sientan abrumados, pero totalmente al día en cuanto a información. Entonces, tendrán la sensación de que piensan, de que se mueven sin moverse, y serán felices, porque los hechos de esta naturaleza no cambian. No les des ninguna materia delicada como filosofía o sociología para que empiecen a atar cabos. Por ese camino se llega a la melancolía. Cualquier hombre que pueda desmontar un mural de televisión y volver a armarlo luego (en la actualidad, la mayoría de hombres pueden hacerlo) es más feliz que cualquier otro que trate de medir, calibrar y cuestionar el universo, que no puede ser medido ni cuestionado; ese hombre se sentirá como un salvaje y muy solo. Lo sé, lo he intentado. ¡Al diablo con ello! Así pues, adelante con los clubes y las fiestas, los acróbatas y los prestidigitadores, los coches a reacción, las motocicletas, helicópteros, el sexo y las drogas, y más de todo aquello que está relacionado con los reflejos automáticos. Si el drama es malo, si la película no dice nada, si la comedia carece de sentido, dame una inyección de teramina. Me parecerá que reacciono ante la obra, cuando únicamente se trata de una reacción táctil a las vibraciones. Pero no me importa; tan solo quiero distraerme.

Beatty se puso en pié.

Montag y Clarisse (Julie Christie)
Truffaut 1966
—He de marcharme. El sermón ha terminado. Espero haber aclarado conceptos. Lo que realmente importa, Montag, es que recuerdes que tú, yo y los demás somos los Guardianes de la Felicidad, los Payasos del Pueblo. Nos enfrentamos a la pequeña marea de quienes desean que todos se sientan desdichados con teorías y pensamientos contradictorios. Son nuestros dedos los que sostienen con fuerza el dique. Hay que aguantar firme. No permitir que el torrente de melancolía y la funesta filosofía ahoguen nuestro mundo. Dependemos de ti. No creo que te des cuenta de lo importante que eres para nuestro mundo feliz, tal como está ahora organizado.

Beatty estrechó la flácida mano de Montag. Este permanecía sentado en la cama como si la casa se estuviese derrumbando a su alrededor y él no pudiera moverse. Mildred había desaparecido del umbral.

—Una cosa más —dijo Beatty—. Por lo menos una vez durante su carrera todo bombero siente esa comezón. Empieza a preguntarse qué dicen los libros. Oh, hay que aplacarla, ¿eh? Bueno, Montag, puedes creerme, he tenido que leer algunos libros en mi juventud para saber de qué trataban, y los libros no dicen nada. Nada que pueda enseñarse o creerse. Hablan de gente que no existe, de entes imaginarios, si se trata de novelas, y si no lo son, aún peor: un profesor que llama idiota a otro, un filósofo que critica al de más allá, y todos arman jaleo, apagan las estrellas y extinguen el sol. Uno acaba por perderse.
—Bueno, entonces ¿Qué ocurre si un bombero, accidentalmente, sin proponérselo en realidad, se lleva un libro a su casa?

Montag se crispó. La puerta abierta lo miraba con su enorme ojo vacío.

—Un error lógico. Pura curiosidad —replicó Beatty—. No nos preocupamos ni enojamos en exceso. Dejamos que el bombero guarde el libro veinticuatro horas. Si para entonces no lo ha hecho él, llegamos nosotros y lo quemamos.

—Claro.

La boca de Montag estaba reseca.

—Bueno, Montag, ¿quieres coger hoy otro turno? ¿Te veremos esta noche?

—No lo sé —dijo Montag.

— ¿Qué?

Beatty se mostró levemente sorprendido. Montag cerró los ojos.

—Más tarde iré. Quizá.

—Ten por seguro que si no te presentaras, te echaríamos en falta —dijo Beatty, guardándose la pipa en el bolsillo con expresión pensativa.

«Nunca volveré a ir allí», pensó Montag.

—Bueno, que te mejores —le deseó Beatty.

Dio la vuelta y se marchó.”
-Novela “Fahrenheit 451”.  Primera parte: La Chimenea y la Salamandra.

- Libro Fahrenheit 451: Ray Bradbury. Colección Debolsillo Contemporánea. España - Barcelona. Primera edición revisada, junio 2012. Traducción Alfredo Crespo. De venta en Ibero Librerías. Av. Larco 199, Miraflores, Lima, Perú.

Notas:
- Ray Bradbury nació en Illinois, Estados Unidos, el 22 de agosto de 1920. Terminada su educación secundaria se dedicó a trabajar para poder sustentarse. La Gran Depresión que azotó a su país le impidió asistir a la universidad, sin embargo, jamás abandonó su principal inclinación, la lectura. Fascinado por las obras de los maestros de la literatura fantástica y la ciencia ficción desarrolló de manera autodidacta su habilidad para la escritura.

El amor por los libros no solo quedó patente en la calidad de sus obras que arrastró multitudes de fanáticos, sino en su postura respecto de la lectura. Siempre afirmó que el hecho que no haya podido estudiar una carrera universitaria no fue tan trágico como hubiera sido el hecho que en este mundo no hubiera existido bibliotecas. Nunca dejó de frecuentar la biblioteca pública de su ciudad.

“Sin bibliotecas, ¿qué nos quedaría? No tendríamos pasado ni futuro”.

Una de sus más elocuentes frases respecto de su amor por los libros fue:

“Me gusta tocar un libro, respirarlo, sentirlo, llevarlo.
Es algo que un ordenador no ofrece”.

Esta idea la pone en boca de uno de los personajes de Fahrenheit 451:

“...—Faber olisqueó el libro—. ¿Sabía que los libros huelen a nuez moscada o a alguna especie procedente de una tierra lejana? De niño me encantaba olerlos. ¡Dios mío! En aquella época había una serie de libros fascinantes, antes de que los dejáramos desaparecer…”
-Novela “Fahrenheit 451”.  Segunda parte: La Criba y la Arena.

También solía decir:

“Los libros solo tienen dos olores. El olor a nuevo, que es bueno,
y el olor a libro usado, que es todavía mejor”

Hasta poco antes de su muerte, Bradbury abominaba la INTERNET, culpándola de arrebatar a las personas de los libros. Aún así consideraba que jamás podría reemplazar la cultura impresa.

Un año antes de su muerte, por fin cedió. Permitió que parte de su obra sea digitalizada.

Entre sus principales novelas tenemos: Crónicas marcianas (1950), El hombre  ilustrado (1951), Las doradas manzanas del sol (1953), Fahrenheit 451 (1953), El vino del estío (1957) y su secuela El verano de la despedida (2006), La muerte es un asunto solitario (1985), entre otras.

Ray Bradbury escribió muchos guiones de televisión y libretos cinematográficos. A inicios de la década de los 60’s fue autor de varios capítulos de la serie “Twilight Zone” (conocida en Latinoamérica como “La Dimensión Desconocida”).

- Fahrenheit 451 fue concebida, escrita y publicada en los albores de la Guerra Fría. Se inspiró en los incendios de la Biblioteca de Alejandría, en el mundo antiguo; en la quema de libros de la Alemania Nazi, en la quema de libros, persecución y asesinato de escritores en la Rusia Comunista, y en la cacería de brujas (persecución de presuntos conspiradores comunistas) de Joseph McCarthy en los Estados Unidos, en el siglo XX.

El nombre Fahrenheit 451 está dado por el grado de temperatura en que se dice el papel arde y se consume.

En las camisas de los miembros del cuerpo de bomberos, encargados de la quema de libros de que trata la novela, se lleva bordado el número 451.

El carro del cuerpo de bomberos es conocido como Salamandra, debido a que tiene forma de anfibio de larga cola. En algunas creencias religiosas la salamandra representa el espíritu elemental del fuego.

El libro que Guy Montag coge en el incendio, que luego guarda debajo de su almohada para leerlo y que estuvo a punto de ser descubierto por Mildred, durante la visita del capitán Beatty, era la Biblia.

En la época que se desarrolla la historia de Montag, la sociedad está al borde de una nueva guerra nuclear.
Bradbury advertía que la novela Fahrenheit 451 no era realmente una novela de ciencia ficción en que anticipa lo que pasará en el futuro, sino, más bien, una crítica a la sociedad moderna que se deja arrastrar por los avances tecnológicos, el consumismo, el ocio intelectual, apartándose de la lectura.

No obstante, causa asombro el hecho que previó cosas como la televisión en panel, el denominado “tehater home center”, los programa Talk Shows o Reality’s, el gusto por los dispositivos musicales. Predijo el afán inmoderado de reducir el contenido de la información en pequeños mensajes como ocurre ahora con los Twet’s o mini blogs. También predijo el gusto de la gente de conocer la historia u obras de la literatura universal solo a través de películas de cine o televisión.

Bradbury decía:
“Peor que quemar libros, es no leerlos”

Fahrenheit 451 fue llevada a la pantalla grande por el célebre cineasta francés Françoise Truffaut (1966), con las actuaciones de Julie Christie y Oskar Werner.

Ray Bradbury exigió una disculpa del cineasta Michael Moore, por tomar parte del título de su novela sin su permiso.

Moore produjo un documental denominado Fahrenhait 9/11, en referencia al ataque terrorista del 11 de setiembre de 2001 en la Torres Gemelas de Nueva York, y que era una crítica enérgica contra la política internacional del entonces presidente George W. Bush.

- Ray Bradbury también incursionó en el diseño y la arquitectura. En los 60’s se le contrató para que diseñara el pabellón estadounidense de la Feria Mundial de Nueva York.

Colaboró en el diseño de la esfera geodésica del Epcot Center, conocida como “Nave espacial Tierra” y en otras atracciones de los parques Disney.

Falleció el 5 de junio de 2012, a la edad de 91 años.

- Arthur Brown, cantante, músico y actor inglés nacido en 1942, junto con Peter Gabriel (Génesis) introdujo el performance en las presentaciones de música rock, constituyendo el antecedente de posteriores cantantes y bandas como Alice Cooper, Kiss, Queen, Marilyn Manson, etc., apareciendo con la cara pintada o con máscaras y utilizando trajes estrambóticos. Inicialmente adscrito a la psicodelia, transitó luego por el glam y el rock espacial.

Saltó a la fama con el tema Fire (Fuego) del álbum The Crazy World of Arthur Brown (año 1968) el cual presentaba en televisión en medio de una hoguera. Fue su único éxito, por lo que suele mencionársele como ejemplo de un One Hit Wonder (artista de un solo éxito), aunque grabó otros que no tuvieron suerte y no aparecieron en los rankings.

- Paperback Writer, canción compuesta por Paul McCartney para The Beatles, que apareció como lado A de un single publicado el 30 de mayo de 1966 en los Estados Unidos y el 10 de junio en Inglaterra (el lado B del disco fue la canción Rain).

El título de la canción más o menos significa “escritor de libros baratos” o de “edición barata”. En ella se narra la historia de un sujeto ansioso por que se le publique un libro voluminoso que cuenta historias obscenas ininteligibles, al estilo del escritor Edwar Lear, famoso por sus poemas y canciones sin sentido.

Es tal la ansiedad del novato escritor, que escribe a una editorial ofreciendo cambiar el argumento si no les gusta.

Es una canción satírica y cómica a la vez.

Es el primer disco donde el bajo de Paul comienza a resaltar con un volumen mayor, lo que sería una característica, en adelante, de los discos de la banda.

- Are You Exirienced, fue el álbum debut de Jimmy Hendrix y su banda Are You Experience, lanzado en los Estados Unidos el 12 de mayo de 1967, pocas semanas antes de su apoteósica presentación en el Festival Pop de Monterey (junio de 1967), donde robó el espectáculo a otras luminarias.

La canción Fire se inspiró en el hecho que, la para la navidad de 1966, Jimmy llegó a la casa de una amiga a pasar la velada estando completamente resfriado, y le preguntó a ésta si podía sentarse al lado de la chimenea a calentarse, pero luego desistió de la idea al ver echado cómodamente al perro gran danés de su amiga.

El álbum está considerado en el puesto 15 dentro de los 500 Mejores Álbumes de la revista Rolling Stone.

- Free for all (Gratis para todos) representa el primer álbum del guitarrista y cantante Ted Nugent, guitarrista oriundo de Michigan, Estados Unidos, nacido el 13 de diciembre de 948, que se hiciera popular en el Perú con su canción “Wango Tango”.

Ted, está a favor que se permita la venta libre de armas para la defensa personal y armas de caza.

En la canción Writing on the wall canta Met Loaf.

- Del 19 de Julio al 4 de agosto de 2013, se desarrollará la Décimo octava edición de la Feria Internacional del Libro de Lima, en el parque Los Próceres de Jesús María (Av. Salaverry), siendo Puerto Rico el país invitado este año. Como parte de la feria se llevaran a cabo una serie de eventos y homenajes como es el caso a los 60 años de la Revista Dominical del diario El Comercio. También estarán presentes Jaime Bayli y Santiago Roncagliolo, entre otros escritores peruanos.

La feria es organizada por la Cámara Peruana del Libro.

Soundtrack:
Fire
Arthur Brown
(The Crazy World of Arthur Brown)
1968
Paperback Writer
The Beatles
1966
Fire
Jimmy Hendrix
(Are You Experienced)
1967
Writing on the Wall
Ted Nugent
(Free for all)
1976

ARTHUR BROWN
FIRE
(1968)




MAX MARRUFFO S.