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miércoles, 18 de marzo de 2015

EL AMOR ESA COSA TAN RARA (IV). PRESENTIMIENTO DEL FIN. EDMUNDO PAZ SOLDÁN

 Escucha mientras lees
Lafforet había recibido la llamada de su novia Raquel. Su tono de voz le hizo presagiar que la conversación que iban a sostener no sería de su agrado. ¿Quizás Raquel había tomado la decisión de terminar con la relación? Mientras iba camino a la fuente de soda donde lo había citado, Lafforet meditaba en el hecho que pudo ser él y no ella quien diera aquel paso. No. La noticia sería otra, aunque el destino de la pareja estaba ya marcado.
A continuación extracto del cuento “Presentimiento del fin” de Edmundo Paz Soldán, que forma parte de su libro de cuentos Amores Imperfectos.
El amor tiene la rara característica de atemorizar a algunas personas o de hacer a otras poco sinceras. Es que muchos lo conceptualizan sino como una pesada cadena, como un obstáculo; pero al margen de ello, no pueden mantenerse alejados de él.
Es que el amor no es ni será perfecto, es raro y eso lo hace un sentimiento único.

“Presentimiento del fin”

Y aunque él
Salir huyendo prefiere
No llega a esa decisión
Porque esperar es mejor
A ver si la regla viene

Ruben Blades, “Decisiones” 

…

─Si sucede lo que tememos. Quiero tener al hijo.

─Pero. La ingeniería…

─No me importan mis estudios, la reacción de mis papás, el qué dirán. Hay cosas que no se me cruzan por la cabeza, quiero dormir tranquila el resto de mi vida. Por supuesto, jamás te presionaría a hacer algo que no quieres. Que te quieras casar conmigo por obligación, por ejemplo.

─Apoyo cualquier decisión que tomes ─decía Lafforet admirando la fortaleza de Raquel, descubriendo en sí mismo una sorprendente capacidad para la cobardía. Recordó una tira cómica de Mafalda. A Miguelito le gustaba una chica en la escuela, pero no se animaba a hablarle. Se preguntaba si era un hombre o un ratón. ¿Le hablaría? En el último cuadro, Quino había dibujado a Miguelito comiendo un queso. Esto no habría pasado si yo hubiera actuado siguiendo la decisión que tomé. ¿Es que era tan difícil cortar? ¿Me sentía tan culpable? ¿Me creía tanto que realmente pensaba que ella no sabría qué hacer con su vida si la dejaba? Soy un ratón y ahora me toca comerme el queso. Un ratón de primera.

Y ahora… ¿ahora qué? Pensaba en tantos amigos que a través de los años habían debido afrontar una situación similar: Ricky, que se jactaba de cuatro abortos. Wiernicke, que había pagado trescientos dólares por uno (la segunda vez que le sucedió no tuvo valor para hacerlo, se casó con una chica con la que había estado apenas tres meses, se divorciaron un mes después de que naciera el bebé, lindo y gordo, parecido a la madre). Tiburón, que un fin de semana había tenido una aventura con una mujer casada, y que meses después había recibido un llamado de ella, que no se preocupara de nada, sólo quería que la ayudara a pagar la cuenta. Había sido tan fácil, en esas ocasiones, adoptar una postura de superioridad moral, criticar y decepcionarse de los amigos, prometerse que él jamás lo haría llegado el caso. No, Wiernicke, eso no se hace. ¿Y tú qué harías en mi lugar? Cualquier cosa, menos lo que tú hiciste. ¿Te imaginas? ¡Era sangre de tu sangre! Era otra cosa ponerse los zapatos del muerto. Bastaba un descuido para que un espermatozoide aguerrido cruzara acídicos ríos y perforara las paredes de un óvulo muy cordial con las visitas. Bastaba un descuido para que el futuro abandonara la paz de lo lineal y se instalara en la zozobra. Una golondrina sí podía hacer un verano.

A medida que pasaban los días y no había novedades, Raquel adquiría más valor, se afirmaba en su decisión y extraía de ella un desbordante optimismo, una seguridad que se transmitía al hablar, al mirar, al caminar, ella tan timorata y vacilante en otros días. Lafforete, en cambio, iba perdiendo del todo su habitual aplomo, se entregaba a oscilaciones de espanto. Preocupaba a sus papás con su silencio en el almuerzo y la cena, a sus amigos con su aire ausente cuando se encontraba con ellos en Utopía. Dejó de escribir su tesis, incapaz de pensar en la modernización tecnológica de procesos de fabricación de la chicha. Volvió al abandonado hábito de persignarse al pasar frente a una iglesia.

Al fin le contó todo a Jaime.

─Un buen médico te sale unos quinientos dólares ─dijo este después de un mordisco a su sándwich de chola, estaban comiendo en un puesto de la Humboldt, cerca de las pestilentes aguas del Rocha, quieto al atardecer─. Lo puedes hacer por ciento cincuenta, pero no te lo aconsejaría. La chica de un amigo mío murió  así, desangrándose en un sótano convertido a la rápida en una sala de operaciones.

Lafforete se quedó en silencio.

─Quisiera… pero no puedo. ¿Te imaginas que haría la mami si se enterara? Se muere.

─Te digo algo, pero sólo para ti.

─Ajá.

─Yo pagué quinientos. Ella me dijo que fue como si le hubieran sacado una muela. Así de sencillo.

─No te creo.

─Te lo cuento para que no sientas que lo que te pasa es cosa del otro mundo. No pongas esa cara. Te sorprenderías si supieras quiénes más ─un gesto desdeñoso, de hombre de mundo─. Que arroje la primera piedra el que esté libre. Hay tantos chismes en esta ciudad que creemos saberlo todo. Y sin embargo es tan poco lo que sabemos. Los secretos siempre son más, mucho más de lo que sabemos. Sólo conocemos una chispa del escandaloso incendio que es Cochabamba.

¿Su hermano también? No podía ser. Lafforete aparentó calma. Esa noticia no le molestaba. No tenía que molestarlo.

─Pero a ella ni se le ocurre. Ella está decidida a tenerlo.

─¿Acaso la decisión es sólo suya? La vaina es entre los dos, ella no puede hacer lo que se le antoje sin consultarte.

─Ya sé. Pero es ella la que va a tener al hijo, es ella la que carga con la mayor parte del problema. Si ella dice que quiere tenerlo, ¿qué puedo hacer?

─No sé, no sé. Pero si no abres la boca, si no intentas siquiera convencerla, ya verás lo que se te viene. Para comenzar, olvídate de España.

─No necesariamente.

─Sí necesariamente.

Jaime tenía razón: debía ser sincero con ella, decirle lo que pensaba. Eso quizás la asustaría y le haría cambiar de opinión. Encerrado en su cuarto, la televisión encendida sin el volumen, al lado de la ventana un poster de Eva Herzigova en un Wonderbra rosado, intentó preparar minuciosamente lo que le diría, memorizar unas cuantas frases. Pero, ¿qué quería? No lo sabía muy bien. Pensaba en el hijo o la hija de su hermano caminado por el living de la casa, el hijo que acaso se hubiera llamado Jaime, o tal vez Joaquín como su papá, o María Elena como su mamá, o Camila, ese nombre estaba de moda. A la hora del almuerzo, miraba a su mamá observándolo como si ella supiera lo que le pasaba, con esa mirada con la que había crecido y que le había hecho confesar tantas cosas, las monedas robadas de su cartera, el jarrón roto del comedor, la vez que vio a una empleada desnudarse por el ojo de la cerradura. Pensaba en la maestría en España. ¿Qué quería? ¿Qué diablos quería? ¿Un hijo con Raquel? Eso tampoco. Pero, ¿dónde iban los hijos que se habían desvanecido ante de tener la oportunidad  de convertirse en hijos? ¿En qué jardín jugaban los hijos de Wiernicke, Ricky, Tiburón y Jaime? ¿Y dónde iría él  si sucedía lo que quería pero no podía hacer que sucediera? ¿El infierno ya nada temido en esos días? ¿O algo peor, alguna república en la tierra para la expiación de las culpas? ¿Qué era, un hombre o un ratón? ¿Podía uno ser hombre y ratón a la vez?

Debía tranquilizarse. Nada había ocurrido todavía. De nada sirve preocuparse.

─Estoy asustada pero en el fondo lista para cualquier cosa ─decía Raquel en el sofá de su casa, apoyando la cabeza entre sus piernas, esperando tanto de él, tantos anillos, cuatro en cada mano, quién le habría dicho que le quedan bien─. Pruebas como ésta me hacen ver cuánto te amo.

Lafforete jugaba con sus trenzas, la besaba y le decía con largas pausas entre palabra y palabra, que él también estaba asustado pero muy feliz.

─Si es hombrecito se llamará Joaquín Andrés, si es mujer Raquel. ¿O prefieres Camila? ¿Qué te parece?

Así pasaron dos semanas. Hasta que un jueves por la mañana Raquel lo llamó llorando para decirle que ya no podía soportar tanta incertidumbre, la noche anterior había tenido otra pesadilla y estaba yendo esa mañana al médico, una amiga la acompañaría. Lafforete la tranquilizó.

─Es lo mejor que puedes hacer. Yo también ya estaba cansado de la espera.

Le pidió que lo llamara apenas tuviera el resultado en sus manos, del primer teléfono público que encontrara. Parapetado en su cuarto, Lafforete intentó, sin suerte, resolver un crucigrama. ¿Escritor modernista, cinco letras? ¿Escultor griego, diez letras? ¿Primera feminista boliviana, siete letras? Y aunque él salir huyendo prefiere, tarareó. Miraba su reloj con insistencia. Que no sea que no sea si no es te prometo que volveré a ir a la iglesia todos los domingos cambiaré me portaré bien seré fiel a la causa no engañaré respetaré a mi pareja la amaré le daré todo y mucho más seré el chico modelo el chico modelo el chico modelo modelo modelo.

La llamada se produjo a las once y media de la mañana. Lafforete dejó que el teléfono sonara un buen rato. Había que contestar. Había que hacerlo.

La voz de Raquel tenía un tono alegre, relajado. Se había tratado de una falsa alarma. No era raro, había dicho el doctor, que tensiones derivadas de problemas familiares o laborales o relacionados con el estudio produjeran atrasos en el período. Ambos respiraron aliviados, rieron con una risa exaltada, sin control, tocaron madera.

─Te amo, amor.

─Yo también, muchísimo.

─Gracias por tu apoyo.

─No me tienes que agradecer nada.

Lafforete se dijo que, aunque Raquel se había preparado para tener al hijo, evidentemente se hallaba más preparada para no tenerlo.

El jueves siguiente, Lafforete citó a Raquel en La Fuente del Deseo, a las cinco de la tarde. Raquel se vistió con elegancia, un vestido azul que le dejaba los hombros al descubierto, zapatos negros de taco alto, sus mejores medias de color carne. Pensó que sólo podía ocurrir algo bueno en algo tan formal como una cita. Quién sabe, quizás arrojarían unas monedas a la fuente para renovar sus promesas de amor. Habían pasado por una prueba muy difícil, habían fortificado su relación. Se puso el perfume que a Lafforete le gustaba, Opium, se miró en el espejo y sonrió: estaba linda, muy linda y feliz.

Salió a la calle.


[“Amores Imperfectos”: Edmundo Paz Soldán. Estruendomudo E.I.R.L. Cuadernos Esenciales 46, Lima, año 2011.]

Notas:

- EDMUNDO PAZ SOLDÁN es un escritor nacido el 29 de marzo de 1967 en la ciudad de Cochabamba, Bolivia que se desempeña actualmente, además de su oficio de escritor, como profesor de Literatura Latinoamericana de la Universidad de Cornell, Ithaca, Nueva York. Considerado miembro de la generación de los 90’s, su afición por la escritura, que inicio desde su época de escolar, le permitió ver publicados sus primeros relatos en el diario El Tiempo de su ciudad de origen. En 1991, estudiando aún la carrera universitaria de Ciencia Política (Universidad de Alabama-USA), publicó su primer libro de cuentos Las máscaras de la nada y al siguiente año su primera novela Días de papel con la que obtuvo su primer premio, Eric Guttentag, Bolivia.

En 1997 se doctoró en Lenguas y Literatura Hispana para la Universidad de Berkeley.

En 2014 publicó su primera obra de ciencia ficción: Iris, género por el que siente inclinación, especialmente en cuanto a las distopías gracias a su veneración por obras como 1984 de George Orwell y Mundo Feliz de Aldous Huxley.

Paz Soldán se desempeña también como columnista en los diarios La Tercera de Chile, El País de España, The New York Times y Time de Estados Unidos y la revista Etiqueta Negra de Perú.

Amores Imperfectos
Estruendomudo
- El libro de cuentos Amores Imperfectos se publicó por primera vez por la editorial Santillana, Bolivia en el año de 1998; luego fue publicada por Alfaguara en Buenos Aires, año 2000 y por Suma de Letras, España en 2002.

El cuento “Dochera”, que cierra la segunda parte del libro, le permitió a Paz Soldán hacerse con el premio Juan Rulfo en 1997.

- En la introducción del cuento Presentimiento del fin, Paz Soldán menciona una de las estrofas de la canción Decisiones de Rubén Blades. En el cuento Presentimiento del fin Raquel cree estar embarazada, mientras que Lafforet, su enamorado, no asimila la noticia y se arrepiente de no haber terminado su relación antes, cuando cayó en la cuenta que no la quería.

- Decisiones es una canción del músico, compositor, cantante y actor panameño Rubén Blades, que formó parte de su célebre álbum Buscando América, grabado para el sello Elektra, año 1984 que le valió el premio Grammy al mejor álbum latino.

En Buscando América Rubén Blades, gracias a la colaboración de la banda Los Seis del Solar, cambia el formato del soporte musical de su trabajo anterior eliminando instrumentos de viento basándose exclusivamente en la percusión, sintetizadores y vibráfonos, lo que le dio un nuevo rostro al género denominado Salsa.

En Decisiones, Blades narra el día a día de una comunidad en la que nunca dejan de resaltar dramas comunes como el embarazo no esperado de una adolescente y el pánico que la noticia le causa al “novio”; los líos de faldas provocados por casanovas de vecindad y la muerte en las pistas de conductores acostumbrados a manejar en estado de ebriedad.

Indudablemente Edmundo Paz Soldán terminó recreando con mayor detalle la historia de la ex-señorita (Raquel) que inicialmente no sabe a qué atribuir su retraso menstrual y la de el “novio” Lafforet, que aparentando calma y amor hacia Raquel, desea vehementemente que todo sea una falsa alarma.

La diferencia entre la canción y el cuento es que, en la canción se trata de adolescentes de escuela; mientras que en el cuento Raquel y Lafforete son estudiantes universitarios con miras de viajar al extranjero para seguir estudios de especialización profesional.

- El tema El amor… cosa tan rara fue escrito por la compositora y cantante brasileña Denisse de Kalafe, tema que le permitió hacerse del primer lugar del Festival Musical de la OTI de 1978, desarrollado en Santiago de Chile. En el año 1987, la Orquesta del músico colombiano Alex León, hiso una versión en ritmo de salsa (en su variante de salsa sensual) que tuvo mucho éxito en la voz del neoyorkino Lefty Pérez.

Soundtrack:

El amor... cosa tan rara: Denisse de Kalafe - 1977
Decisiones: Rubén Blades y Seis del Solar - 1983
El amor… cosa tan rara: Orquesta de Alex León, voz de Lefty Pérez - 1987

Concepto, introducción y notas:
MAX MARRUFFO S.

viernes, 13 de febrero de 2015

EL AMOR: ESA COSA TAN RARA (III). ERAMOS CASI NIÑOS

 Escucha mientras lees
Nos pertenecen los recuerdos, no las personas. De manera legítima solo somos dueños de aquello que en su momento sentimos, percibimos, entendimos, creimos; esto es, de todo aquello sobre lo que se asientan. No debe interesarnos si coinciden o no con los de los demás. A la distancia, solo importa si fuimos honestos en nuestros hechos y dichos para que a nosotros nos sean gratos.

Estos son los míos.

"A Makarena"

Tum tum-tum tum-tum tum. El ultimo chorro de sangre salió disparado de mi corazón y rabiosamente se abrió camino hinchando venas y arterias, subiendo en tropel por mi cerviz, para expandirse por los confines de mi cerebro; chocando violentamente en mis sienes, aturdiéndome, haciendo añicos el esquema trazado del discurso mental que había preparado y dándome la sensación de que el suelo perdía distancia en relación a la punta de mi nariz. Pero ahí estaba yo. De pie. En ese momento nadie podía ayudarme. Nadie podía hacer nada por mí. Tum tum-tum tum-tum tum… Me encontraba solo ante mi destino. Aún cuando mi cuerpo lo exigía, mi mente no daba la orden: salir huyendo. Descarté de inmediato esa posibilidad, porque me hubiera convertido en un cobarde para siempre y en mi propio hazmerreir. Tum tum-tum tum-tum tum… Entre Makarena y yo, luego del saludo (besito en la mejilla y algunas palabras incoherentes de mi parte), ha caído un silencio absoluto que me pesa como un enorme manto y encorva mi cuerpo asfixiándome. Tum tum-tum tum-tum tum... Ninguna de las frases que memoricé de tantas veces repetir la noche anterior asomó en mi mente. ¡Mierda!, no solo me he quedado paralizado, ahora también estoy mudo. La miro por unos segundos. Tum tum-tum tum-tum tum… Temo el mostrarme obvio, que adivine –si no lo ha hecho ya- mi intención y, de antemano, me corte la viada; malográndose seis meses de amistad. No me importa morir luego de revelarle mis sentimientos, pero  que no me deje  decirle nada no podría soportarlo. Preferiría devorar pedazos de mi propia carne como castigo a mi osadía de amor. Un “¡no!” adelantado sería humillante. Y… Tum tum-tum tum-tum tum… Ahí sigo yo. Mudo. Dejando correr como bólidos, minutos que otros días me son eternos.

El patio de la entrada de su vieja casa de una sola planta, ubicada en una transitada avenida de Jesús María, tiene un piso de cemento pulido de color rojo que apenas es iluminado por la tenue luz de una bombilla adosada sobre el marco de la puerta principal. En ese momento se me antoja como un recinto donde se ha emplazado un cadalso en el que han de ejecutar a un estúpido; o como el aula en la que el cerdo de nombre Campana, seminarista retorcido, alimaña que se protegía de mi tras una sotana y su condición de tutor de mi primera cárcel ubicada en Breña, acostumbraba reunir a todos los alumnos de primero para darnos los promedios mensuales con su vocecita sardónica. Ella está recostada sobre una pequeña gruta artificial que hace ángulo al lado derecho de la puerta, hecha con piedras de cantos rodados y levantada sobre una base de concreto que la eleva cerca de un metro por encima del suelo, dentro de la cual, una pequeña virgen ataviada con manto de color blanco y que muestra en su cuello una escapulario de una cinta descolorida, pareciera no querer contemplar la escena porque tiene la mirada posada en su base. Por indicación me recibía en aquel patio cuando su mamá y sus hermanas se encontraban en el recibo de la casa viendo la televisión. La gruta nos sirve como reclinatorio en el que sentados, cómoda y relajadamente, hablamos de cualquier cosa; excepto, en mi caso, cuando se tocaba el tema del colegio. Al respecto, como medida de precaución, disponía de un arsenal de historias y anécdotas inventadas... mentiras que contarle a mi turno, como bien memorizados los cursos que supuestamente me tocaba llevar aquel año. Aun así, buscaba cuidadosamente salir de ese terreno sin que notara mi angustia por temor a resbalar. No sé por qué tenía yo la idea que mi realidad escolar la decepcionaría, como a mi madre. Makarena. Buena hija. Chica aplicada. Iba en el cuarto de media. Me había adelantado. Me pesaba la vergüenza. Me pesaba mentirle. No estaba a su altura. El alivio llegaba cuando comenzaba a preguntarme por mis amigos:

-¿Y, qué del Coco, el Fito, el Rinski, el Rafael, Pepito?

Yo abría la cancha preguntando a mi turno:

-¿Y la Mari y su hermana Rosaura? ¿la Viqui, la Susi, la Luchi?

Estaba a salvo. Nuevamente en terreno seguro. La guerra, esa de apagones, coches bombas, torres reventadas, estaba lejos de estallar. Era algo inimaginable. Esa noche solo debía haber un tema de conversación: que la amaba y necesitaba. Por eso estaba de pie frente a ella que mantenía dulcemente su mirada levantada hacia mí. Sus labios mostraban una delicada sonrisa, quizás la de siempre, pero que esa noche me hacían amarla más.

Para tomar aire, como si estuviera nadando con desesperación hacia una orilla nebulosa, giré mi rostro sudoroso, quitándole mi mirada por unos segundos para ver la calle a través del portón y las cercas de madera que la separan de la casa. También está iluminada apenas por la luz blanca de un poste cercano. Es una noche húmeda y fría, característica  de un invierno completamente posesionado  de la ciudad en el mes de agosto. Me viene la sensación que la gente sabe por qué estoy ahí. Pero el mundo sigue girando. La gente y sus vidas. Y sus cosas. Y sus problemas. Yo estoy sentado en el mío. Tum tum-tum tum-tum tum… Mi corazón sigue intentando escapar de mi pecho abriendo los botones de mi camisa. Cuando vuelvo a mirarla, me doy cuenta que Makarena ha mantenido sus ojos fijos en mí y tal vez por mí angustia comienzo a advertir en ellos impaciencia y de pánico quiero soltarle sonseras como: “Eres el fuego que ha de castigarme o redimirme”o “Una palabra tuya bastará para sanarme”; pero desisto. Me controlo -no sé cómo- por un instante. Solo me tortura el hecho que no puedo, aunque quisiera, adivinar cuál será su respuesta. Desde el día que nos presentaron -en el cumpleaños de Mari, la salude dándole la mano- mis bobadas le hicieron reír. He notado que pone más atención en mí que en mis amigos cuando la visitamos en mancha. Últimamente me pide que venga yo solo. Lo mejor es que, al despedirnos, la comisura de sus labios besan la comisura de los míos ¿Y si estoy equivocado y todo esto son solo alucinaciones o alteraciones de la percepción causada por un desorden hormonal? ¡Oh, Dios!, ¿por qué no nos diste la capacidad para adelantarnos a las consecuencias de nuestros actos?

─¿Qué te pasa hoy? ¿Quieres decirme algo? ─Pregunta con rostro preocupado, tomándome la mano, manteniendo la conexión de nuestras miradas. No sé si ya reparó de mi propósito, pero me ha dado la pauta necesaria ¿Acaso vino en mi ayuda? ¡Es el momento! "¡Yá! ¡Hazlo ahora o sufre para siempre, imbécil!" ─dictó alguien en mi conciencia.

─¡Makarena! ─dije por fin, para luego tragar saliva ruidosamente y soltar como un vómito y con voz temblorosa, casi suplicante, lo que había ido a decirle. No respeté el argumento  ensayado miles de veces.

Le pregunté ─¿Quieres estar conmigo?” ─sin antes decirle que estaba enamorado de ella. Pensé que podía sonarle a soberbia o arrogancia y yo no quería que mi pregunta sonara a soberbia o arrogancia. Hoy reflexiono que esa manera sí que era arrogante; aunque decirle “Quiero estar contigo” hubiera parecido dominante. No sé, pero tal vez lo mejor hubiera sido intentar besarla y solo eso.

Declaración de amor. Prueba iniciática de las tribus urbanas en que los niños pasan a ser hombres. Ordalía. Caminata sobre las brasas. Paseo en la plancha. Pecho desnudo que se muestra a las bayonetas y proyectiles de la incomprensión adulta: ¡Amor de adolescente! Amor de espejo, porque lo proyectas hacia ti mismo. Buscas en el otro la confirmación de tus ideales en proceso de formación. Amor salvavidas. Desesperadamente tratas de mantenerte a flote y no ahogarte en el interminable mar de las recriminaciones que te hacen los mayores, que nunca entienden tus razones, que nunca hacen caso a tus reclamos. Amor protesta. Amor rebeldía ¡El sistema es una mierda! Esa es la razón por la que empezamos a amar.
  
Que te acepte una chica equivalía a ser aceptado por la vida, por ello tanto era el temor a un "¡no!", que declararse podía parecer un suplicio, la ejecución de una pena capital. En consecuencia, era menester calcularlo todo al milímetro; aunque, después, terminabas diciendo o haciendo cualquier otra cosa. Era jugarnos el destino y saber quiénes seríamos en el futuro. Así, declararme a Makarena tenía en lo personal una importancia vital. A mis 16 años no paso del segundo de media ya que he sido expulsado de tres colegios por mi supuesto "mal comportamiento" y de eso me tenía cogido del cuello mi madre, a quien la vergüenza que yo le provocaba -atizada por curas y sutepistas rojos- le hacía recordarme mañana, tarde y noche lo maduros, lo listos que eran otros chicos de mi edad.

Estar con Makarena al menos me confirmaría que no era todo lo que mi madre decía. Yo también era un chico con potencial. Lo del colegio era un tema de inadaptación y nadie reparaba en ello.

El “¡sí, quiero!” que Makarena respondió instantáneamente, sin pedido previo de tiempo para consultar y deliberar con su almohada y amigas del salón, me salvó la vida y por ello, hoy la recuerdo con cariño. De haberme dicho “¡no!”, estoy seguro que no hubiera podido superar el, hasta ese momento, oscuro horizonte en el que sumergían mi existencia. Esa niña de quince, me hizo creer en mí como jamás logró hacerlo ningún orientador de esos míseros colegios donde permanecí recluido con exceso de tres años. En cada reto que asumí en mis primeros años de adulto, aquella noche (la situación, el trance, la decisión y el no querer morir sin intentar), era el aliciente de saber que el resultado sería tan gratificante como el primer beso que le di (¿o, me dio?) tras su respuesta. Ese beso me siguió por mucho tiempo. Tuvo y tiene para mí una connotación más emocional que sensual. Besarla, significó besar una victoria que se extendió poco más de un año, período de tiempo que ninguno de mis amigos superó con una chica en la época de nuestra adolescencia. Ese también, es hoy, mi orgullo de veterano de guerra.


- Los Galos, fue una banda chilena de música romántica fundada entre los años 1965 y 1967 por Carlos Baeza (compositor y guitarrista), Nicolás Parra (saxo), Mario Darigo (trompeta), Roberto Zuñiga (batería) y Luis “Lucho” Muñoz Cid (bajo y voz). El nombre “Los Galos”, sería cambiado posteriormente por su productor musical Antonio Contreras por el de “El Sonido de Los Galos”. Con esta denominación graban su primer álbum para Producciones Caracol, titulado “Tu nombre al viento”, año 1969, que no obtuvo ninguna resonancia. El año 1970, Contreras les da otra oportunidad y la banda tiene un despegue inesperado con la canción “Como deseo ser tu amor”. Para ese entonces ya se había incorporado Jorge Deij Molina (teclados) y se da la primera deserción, la de su fundador Carlos Baeza, quien luego funda la banda Capablanca. La canción “Por Temor” formó parte del álbum “Como deseo ser tu amor”, en el surco número 4, del lado B, y fue escrita por Carlos Baeza.

El éxito internacional de “Los Galos” (como son recordados en toda América del Sur) se extendió hasta la primera mitad de la década de los años 70’s. Lucho Muñoz, su vocalista clásico, se alejó en 1974. Se desintegrarían en 1979.

- Otros temas inolvidables de esta noble banda son: “Un minuto de tu amor”, “Qué esperas de mí”, “Perdona si me vez llorar”, “Por amor”.

- Dyango, José Gómez Romero su verdadero nombre, es un cantante de baladas románticas, de voz inconfundible, nacido el 5 de marzo de 1940 en Barcelona, España. La trayectoria musical de este artista se inicia en 1969 cuando lanza su primer álbum “Dyango”, saltando a la fama nivel de toda Latinoamérica con el segundo: “El mundo es para los jóvenes”, año 1970. Ambos discos fueron grabados para Discos Záfiro. En 1974 ficha para EMI y es a partir de ese hecho que se consolida como una de las grandes voces de la música romántica obteniendo al fin la aceptación de su patria con la canción “Nostalgia”. En 1976 representa a España en Festival de Benidorm con la canción “Si yo fuera él”.

- La canción “El Primer Beso” pertenece a su álbum “Si yo fuera él”, año 1976. En ese mismo disco aparece la canción peruana “Alma, corazón y vida”.

- El año pasado, con 73 años a cuestas, Dyango inicio su último tour denominado: “Gracias y Adiós”.

- Dyango es el padre de los cantantes Marcos Junas y Jordi.

- “Inolvidable” es un bolero escrito por el compositor, arreglista, director de orquesta y pianista Julio Gutierrez (Manzanillo, Cuba) en 1944, que junto a otra de sus creaciones: “Llanto de Luna” figuran como una de los más grandes éxitos musicales de América Latina. Ambas canciones fueron interpretadas y grabas por Tito Rodriguez de manera inigualable.

- “Inolvidable” apareció en el álbum From Tito Rodríguez with Love (De Tito Rodriguez con amor) del año 1963, para el sello United Artist Latino Records, bajo la dirección del músico y director de orquesta estadounidense Alvin Leroy Holmes. Antes de este álbum, el trabajo de Tito Rodriguez estaba orientado al Jazz Latino como director de orquesta. From Tito Rodríguez with Love (De Tito Rodriguez con amor) fue su apuesta por un formato al borde de la extinción: el bolero.

“Inolvidable” es una canción de remembranza y reflexión.

Soundtrack:
Solo por temor: El Sonido de Los Galos - 1970
El primer beso: Dyango - 1976
Inolvidable: Tito Rodriguez - 1963

Concepto, cuento, notas:
MAX MARRUFFO S.